Historia del Tequila

 

 El Tequila es un aguardiente elaborado en una pequeña región de México, mediante la destilación del mosto fermentado que se obtiene del corazón de una planta conocida como el “Agave Azul”. A este corazón de la planta, semejante a una gigantesca piña, se le denomina también “Mezcal”, que en náhuatl quiere decir “la casa de la luna”, para significar el meollo, la esencia, el centro, étc.
 
Se trata de un producto del encuentro de dos mundos pues utiliza una técnica originaria del continente europeo para transformar una materia muy antigua y característica de la tierra mexicana. En México, a partir de algún tipo de doscientos agaves diferentes con los que se cuenta, se obtienen en ciertos lugares otras bebidas aguardentosas similares, que reciben el nombre genérico de mezcal y toman el apellido de la población donde nacen. De esta manera, tenemos el mezcal de Oaxaca, el de Cotija, el de Quitupan, el de Tonaya, el de Tuxcacuesco, el de Apulco, etc.
 
Hoy en día el Tequila es considerado la bebida alcohólica “mexicana por excelencia”, así como los mariachis y los charros jaliscienses constituyen en el extranjero el arquetipo de toda la música de México y de todos los que vivimos en este país. De hecho, ahora el mariachi se viste de charro y no se concibe bebiendo otra cosa que no sea tequila.

Debe haber sido al mediar el siglo XVI cuando algún español desesperado empezó a fabricar mezcal en tierras pertenecientes a Tequila, dada la abundancia de agaves azules en la comarca y el enorme valor que tenía para su vida cotidiana, pues las hojas de la planta eran aprovechadas para construir techumbres, fabricar agujas, punzones, alfileres y clavos, hacer buenas cuerdas, elaborar papel y un cierto tipo de recipientes; además de utilizarse las pencas secas como combustible, sus cenizas se usaban como jabón, lejía o detergente y su sábila para la curación de heridas.

En realidad lo que se aprovechaba menos era el propio mezcal, resulta probable que una vez conocido, los antiguos lo emplearon como golosina y que al percibir su altísimo contenido de azúcares, los españoles de garganta más ansiosa hayan discurrido su destilación. Pero ese descubrimiento no fue precisamente aplaudido por las autoridades.

Más por la consigna de favorecer la importación de vinos y aguardientes españoles que por una acusada vocación por la abstemia, el gobierno colonial prohibió desde su inicio la fabricación de productos americanos que pudieran hacerles la competencia, por lo que el tequila tuvo que hacerse clandestinamente desde al principio, hasta que, dado el volumen que alcanzó su producción y lo necesitado que estaba el gobierno de dinero, éste optó, al mediar el siglo XVII, por autorizarla y cobrar el impuesto correspondiente.

Fué el siglo XVIII que por fabricarse el tequila en el camino a San Blas, este puerto cobró cierta importancia, pues desde ahí se abastece a las nuevas colonias españolas en el Noroeste de México, el “vino mezcal de esta tierra” se convirtió en el primer producto elaborado de exportación de lo que hoy es el estado de Jalisco.

 
mezcal
El mezcal de tequila ayudó a los españoles a sobrellevar las soledades de aquellas tierras septentrionales, y a jesuitas y franciscanos, sucesivamente, a que los indios colonizados por ellos con fines de catequización se sintiesen de vez en cuando más contentos y soportasen con mayor resignación y paciencia en lo que les llegaba a la dicha eterna, el sometimiento a un régimen de vida tan diferente de aquél al que estaban habituados.
 
Con la consumación de la Independencia en 1821, los licores españoles empezaron a tener mayores dificultades para llegar a México, lo cual dio oportunidad a que los fabricantes de tequila incrementasen sus ventas en la misma Guadalajara e iniciaran su comercialización en la ciudad de México y todo el centro del país.
 
En efecto, al acercarse la primera mitad del siglo XIX, algunas tahonas habían adquirido cierta importancia y los productores empezaban a ejercer ya una notable influencia política.
 
Fue entonces cuando, de nueva cuenta, gracias al fácil acceso al puerto de San Blas, la venta de tequila aumentó otra vez. Así, cuando se produjo en México en 1857 la gran guerra civil que acabaría por liquidar el viejo orden social heredado de la dominación española, los productores de tequila tenían ya conciencia de lo que convenía a su industria y no cejaron en apoyar a los liberales hasta que éstos alcanzaron el triunfo abal. Cabe mencionar que en 1867 un distinguido fabricante de tequila asumió la gubernatura del estado de Jalisco, luego que también fueron vencidos los franceses que Napoleón III había enviado en apoyo de los conservadores.
 
Sin embargo, al finalizar el siglo XIX y comenzar el XX el tequila tuvo como su principal enemigo al ferrocarril norteamericano que llevaba con facilidad los aguardientes europeos de costa a costa, además de la preferencia por tado lo francés que sentía la clase alta mexicana.
 
De ese modo, sólo entre el “populacho” podían encontrarse bebedores del aguardiente de marras pero, de cualquier manera, el consumo de tequila llegó a incrementarse considerablemente. Fue la Revolución mexicana la que, a fin de cuentas, predijo una nueva actitud que redundó en favor del tequila. Derrumbada en 1911 la longeva dictadura encabezada por el general Porfirio Díaz, el afrontamiento pasó por igual a ser del pasado y el país entero se volcó a buscar expresiones y costumbres con el fin de abandonar el fortalecimiento de la nacionalidad mexicana.
El beber tequila en vez de otros aguardientes importados fue una de tales gestas, pero aun se fue más allá, pues el propio gobierno favoreció a conciencia una imagen del tequila casi como un símbolo del mismísimo estado nacional.
 
También contribuyó sobremanera a este fin la industria cinematográfica mexicana, exitosa en los años treinta y cuarenta, creando un estereotipo falso del hacer y ser de los mexicanos.
 
El cine, como muchas canciones tuvo mucho que ver con la creciente fama de la bebida; ayudó también que la declaración popular hubiera convertido al tequila en la mejor medicina contra una epidemia de influencia española, la cual azotó al norte de México alrededor de 1930, y que, para atender la demanda, se haya podido disponer de pequeñas botellas fabricadas en la industriosa ciudad de Monterrey, en vez de tener que distribuir la mercancía a granel en incómodas barricas.
 
Asimismo, el auge petrolero producido en ese tiempo en la costa del Golfo de México, pudo coadyuvar al consumo de tequila gracias a los cilíndricos envases de medio litro, fáciles de manejar y transportar; Incluso en la bolsa trasera de los holgados pantalones que se estilaban entonces y que tanto se vieron después en las pantallas de los cinematógrafos.
 
A partir de 1940 la industria del tequila estuvo lista, pues para suplir al whisky, el cual dejaría de llegar a Estados Unidos debido a la segunda guerra mundial, la exportación de tequila alcanzó entonces niveles insospechados. No obstante, también resultó vertiginosa la caída de las ventas al sobrevenir el armisticio, de igual manera hubo que hacer un gran esfuerzo por incrementar el mercado interno buscando el consumo en Europa y Sudamérica.

A partir de 1950 la producción de tequila gozó de mejoras técnicas considerables. Muchas fábricas sin detrimento de calidad, alcanzaron índices altos de rendimiento e higiene, además de que algunas marcas resultaron más accesibles a los paladares comunes por ser de menos graduación.

Por otro lado, se descubrió también que la región apta para cosechar el agave azul podía ser mayor, sin perjuicio del producto, de manera que el crecimiento del mercado logrado pudo ser atendido debidamente.

Sin embargo, debe lamentarse el hecho de que en varios países se falsifique el tequila sin que sus gobiernos parezcan preocuparse por ello, no obstante, según el espíritu de convenio y acuerdos internacionales entre los que destaca el acuerdo de Lisboa, nuestra bebida sólo puede fabricarse legítimamente en una región determinada de México.

Hoy día los campos agaveros, con su fisonomía tan característica, comprenden una gran franja central del paisaje Jalisciense; En tanto que, de una manera directa o indirecta, la industria compromete a unas 300 000 personas, orgullosas todas ellas de participar en la fabricación de un producto imbricado de manera profunda en la vida de la región occidental de México, y satisfecha de ofrecer una bebida cabalmente mexicana a los demás habitantes del mundo.